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 | | Una secretaria puritana y tímida, que había sido seducida por Dardo en una oficina cerrada, le había confesado alguna vez a Fernández que, a punto de pecar, ella le había hecho un planteo existencial: Bueno, Dardo, está bien, vamos adonde quieras. |
 | | Dardo citaba de vez en cuando ese aforismo y negaba con énfasis rumores acerca de su juventud. |
 | | Dardo los ayudaba con las torres del castillo de arena, los limpiaba, los consolaba, laudaba a los gritos para que no pelearan y los corría para que no se metieran mar adentro. |
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